Sobre los límites del humor

Desde la antigua Grecia, el bufón era el encargado de entretener en la corte diciéndole todo tipo de cosas a los poderosos, muchas de ellas, las que nadie se atrevía a decir en voz alta. Pertrechados nada más que con su ingenio y su gracia, los bufones fueron de los pocos oficios capaces de desvelar que el rey iba desnudo y salir, algunas veces, indemnes del asunto.

¿Qué tiene el humor que permite que se pueda hablar de ciertos temas sin que cause problemas? Primero de todo, que es ficción. La ficción está ahí para que nos enfrentemos a distintas situaciones en un contexto imaginario. Si se hace una película sobre una niña maltratada por un pederasta, no significa que el guionista haya sufrido abusos en su infancia, al igual que no hace falta pasarse unos años en una nave colonial conociendo a todo tipo de razas extraterrestres para trabajar en un capítulo de Star Trek.

El humor es el espejo que deforma la realidad para que la podamos comprender desde una perspectiva absurda y entretenida, porque a veces la realidad es demasiado dura como para afrontarla seriamente. Mark Twain decía que el secreto del humor no era la alegría, si no el dolor. Freud decía que el humor sólo es bueno cuando nos permite construir un relato sorprendente y liberador de nuestros traumas individuales y colectivos. Esta catársis colectiva es la que se da en el humor negro, ya sea en chistes sobre terrorismo o sobre el holocausto. No se trata de hacer burla de estos hechos, se trata de esa risa liberadora al pensar que menos mal que no hemos sido nosotros.

Todos hemos contado en algún momento un chiste sobre cual es el río más largo de España, sobre unos topos jugando al escondite, sobre un terrorista al que le da miedo volver solo del bosque, alguno en el que el protagonista es un bebé, sobre generales que baten un récord de salto de altura o incluso sobre pasos de cebra o paredes pintadas de rojo. Manuela Carmena dijo que el humor negro no puede ser cruel, pero es que el problema es que el humor negro sólo puede ser cruel, es su forma de ser, hay otros tipos de humor no crueles, pero no son humor negro.

El problema que tenemos en España es que las décadas de represión que hemos tenido sólo han permitido florecer dos tipos de humor: la parodia del débil y el humor absurdo, muchas veces interpretados por comediantes de poco talento que nos han malacostumbrado a comprender y amar el humor. La parodia del débil nunca es cómica, el humor debe enfocarse hacia arriba, hacia el poder, para desmitificarlo y humanizarlo. Hace unos años, un estudio británico encontró el primer chiste documentado en Egipto, y era una burla hacia el faraón. Si va hacia abajo, hacia el débil, es un abuso, es convertirse en un simple matón de escuela. El humor absurdo, por su parte, para ser cómico, debe crear un relato sorprendente y liberador de nuestros traumas, individuales y colectivos. ¿Te suena?

Pero lo importante es el contexto. El humor, cualquier tipo de humor, es un pacto tácito entre el cómico y el oyente. No se deben contar chistes racistas a un racista, porque entonces no son chistes. Darío Adanti dice que el humor es como el sadomasoquismo, “ambas partes pactan un rol, ambas partes lo juegan, ambas partes, aunque tú no lo entiendas, obtienen placer de ese juego. Si a ti ese juego no te da placer, no lo juegues, pero no señales a los otros diciendo que están enfermos porque juegan a algo que tú no entiendes”. Esto es algo que solemos olvidar del humor; nadie te obliga a escucharlo, o verlo, o leerlo, si no te gusta puedes ignorarlo, que nadie va a ir detrás tuya a ponerte en un sillón al estilo de La Naranja Mecánica a ver La Hora de José Mota en bucle.

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Si no tenemos el contexto, el pacto tácito desaparece y el mensaje se malinterpreta. Por eso son tan peligrosas las redes sociales. En una serie, en una película o en un espectáculo teatral, el espectador hace un esfuerzo por acudir y saber qué va a ver, mientras que hacer un par de clics desde tu casa, te hace llegar a chistes descontextualizados que no entiendes si no haces un esfuerzo, que muchos prefieren obviar. Pero ellos no son el público objetivo, con ellos no hubo el pacto tácito. Es como aparecer en medio de una fiesta de swingers y quejarte porque tú ibas a escuchar música. Es ahora, cuando empieza a hablarse de poner límites al humor, que debemos de tener mucho miedo y mucho cuidado porque: ¿dónde están los límites? ¿En el buen gusto? ¿Qué es buen gusto? ¿Es tu buen gusto igual al mío? ¿O al de la persona que tienes al lado? ¿Tenemos el mismo gusto que hace cinco años? ¿O diez? ¿Cómo medimos la ofensa? ¿Hay un ofensómetro oficial en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas? ¿Cómo podemos trabajar los humoristas con fronteras tan volubles? ¿Y no podemos traspasar esas fronteras? Ricky Gervais dice que un humorista debe llevarte a esas zonas prohibidas en las que no has estado antes, debe sacarte de tu zona de comfort para hacerte pensar sobre ello y conocerte a ti mismo.

Si ponemos límites al humor, estamos limitando una parte demasiado importante de la ficción. Como guionistas, debemos defender nuestra profesión y el derecho a ejercerla con libertad y sin miedo. Y quizá debamos educar más a la sociedad para que se dé cuenta de que si algo de lo que ve, escucha o lee no le gusta, puede dejar de hacerlo inmediatamente, sin mayor prejuicio, porque si vamos demonizando todo lo que no le gusta a alguien, acabaremos cayendo en la falsa sensación de libertad que es la autocensura, donde intentaremos no molestar al vecino, entraremos en la espiral del silencio para no molestar a nadie y al no molestar a nadie, no estamos cumpliendo con la función primordial del humor y nos quedaremos con un país mucho más aburrido.

Nico Campos, Guionista

(Gracias a los consejos de Asier Gerricaechevarría, Rodolf Giner, Izaskun Arandia y José Aragunde)


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